Gospel Reflection


Acts 2:1-11 Ps 104:1,22.29-31.34 1Cor 12:3b-7.12-13 Jn 20:19-23

Divine language is of the fire of Love that we attribute to the Holy Spirit. This fire of love is the true gift of tongues that the disciples received on Pentecost. The divine language between the Father and the Son is the same Holy Spirit that is above all languages; indeed there is no language which is so privileged for dialogue between God and the human being than the language of love. If we truly let ourselves be inspired by the love of the Holy Spirit, we know how to make ourselves understood in all the languages of the world because all spiritual manifestations are only intelligible from the love of the Holy Spirit. Accordingly, St. Paul says, “No one can say ‘Jesus is Lord,’ except in the Holy Spirit” (1Cor 12:3). When said in a state of supernatural inspiration, this expression becomes a charismatic touch for all who listen to it. But if it uttered in a routine manner or with other non-supernatural intentions, then it produces no supernatural effect on anyone. Only if we have one same faith, one same hope and one same love—although we are different with different languages and cultures—can we receive from Christ the Holy Spirit (Jn 20:23), that is, sanctity with its virtues and gifts, that, like the Apostles, we have to transmit to all the world. And if we do not know our neighbor’s language, then the gift of making ourselves understood via the inspiration of the Holy Spirit will be given to us. To what a great degree has the Holy Spirit bestowed the gift of tongues—the essence of which is infused in each Christian at baptism—throughout the history of the Catholic Church on the martyrs, the doctors of the Church, the missionaries and, in general, on every Christian apostle.







Hch 2:1-11 Sal 104:1,22.29-31.34 1Cor 12:3b-7.12-13 Jn 20:19-23

El lenguaje divino es el del fuego del Amor que atribuimos al Espíritu Santo. Este fuego del amor es el verdadero don de lenguas que recibieron los discípulos el día de Pentecostés. El lenguaje divino que se tienen el Padre y el Hijo es el mismo Espíritu Santo que está por encima de todas las lenguas y se hace entender en todas las lenguas; no hay, por tanto, una lengua tan privilegiada para el diálogo de Dios con el ser humano que el lenguaje del amor. Si verdaderamente nos dejamos inspirar por el amor del Espíritu Santo, sabremos hacernos entender en todas las lenguas del mundo porque toda manifestación espiritual es sólo inteligible desde el amor del Espíritu Santo; por eso nos dice San Pablo: “Nadie puede decir ’Jesús es Señor’, si no es bajo la acción del Espíritu Santo” (1Cor 12,3). Cuando esta expresión es inspiradamente sobrenatural, es toque carismático en quien la escucha; pero, si es una expresión rutinaria o con otras intenciones no sobrenaturales, no produce ningún efecto sobrenatural en nadie. Sólo si tenemos, aunque seamos diferentes con distinta lengua y cultura, una misma fe, una misma esperanza y un mismo amor, podemos recibir de Cristo el Espíritu Santo (Jn 20,23), esto es, la santidad con sus virtudes y dones, que debemos transmitir también, como los Apóstoles, a todo el mundo. Y si no sabemos la lengua de nuestro prójimo, se nos dará, por añadidura, hacernos entender por inspiración del Espíritu Santo. ¡Cuánto no ha sido el don de lenguas *cuya esencia es infundida a todo cristiano con el bautismo* que el Espíritu Santo, a través de la historia de la Iglesia Católica, ha derramado sobre los mártires, sobre los doctores de la Iglesia, sobre los misioneros y, en general, sobre todo apóstol cristiano!

Proverbios de Fernando Rielo

No existe peor espada que la que no se tiene.